Escrito por: Sandra de Oh my world!

Es fácil y típico decir eso de “siempre me ha encantado viajar y conocer sitios nuevos”. Pero es que a veces simplemente es verdad. De pequeña esperaba ansiosa que llegasen las vacaciones de verano para poder coger el coche con mi familia y viajar a la playa o al pueblo. Todo un año de duro trabajo en el cole se merecía una buena recompensa, ¿no? Eran viajes eternos y yo pasaba la mitad del tiempo mareada (a mí se me hacían eternos, pero para mi familia debían ser interminables…) aunque eso no frenaba nuestras ganas de disfrutar al máximo nuestros días de asueto. Menos mal que lo del mareo se me fue pasando, sino menudo drama.

Pero a medida que fui creciendo me enfadaba cuando mis padres querían volver una y otra vez al mismo lugar de vacaciones, porque pensaba: ¡pero eso ya lo hemos visto, vamos a otro sitio! Viajamos por España y Portugal, todo aquello que el coche pudiese alcanzar… pero lo de ir por carretera se me quedaba corto.

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Mi primer “gran viaje” en familia.

En mi afán por conocer lugares distintos obligué literalmente a mis padres a visitar Londres cuando tenía 13 años. Sólo sabía hablar “chapurrear” inglés yo, así que los pobres dependían casi totalmente de una enana que se moría de vergüenza cada vez que tenía que abrir la boca para pedir cualquier cosa. Tiene guasa. ¡Pero sobrevivimos! Montamos en avión por primera vez en la vida (¡qué nervios!), nos perdimos mil veces y llegamos a sitios que jamás habríamos visto de otro modo. Comimos lo que tenía buena pinta (porque entender un menú 100% era misión imposible) y visitamos todos los monumentos que teníamos en nuestra lista y muchos más. Incluso mi padre se compró una cámara de video con la que grabamos el viaje, aunque sobre todo grabamos nuestros pies, porque como era la primera vez que la usábamos…

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Viajar a Londres me volvió loca (aún me sigue volviendo loca cada vez que voy) y ya empezaba a sentir un cosquilleo en el estómago recordando la emoción de ese primer vuelo.

Mis primeros “grandes viajes” de “mochilera”.

A los 18 años (lo que ha llovido ya…) ni siquiera sabía qué era eso de “ser mochilera” ni lo que implicaba. Porque ser mochilero no sólo es cargarse una mochila al hombro (que llevas demasiado llena por la inexperiencia), es mucho más. Era mi primer año de universidad y escuchaba a algunos compañeros hablar sobre viajes maravillosos que habían hecho por Europa con un billete que te llevaba a cualquier sitio, llamado “Interrail”.

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Por aquel entonces yo ya había hecho mis pinitos por Europa con amigos, pero no tenía ni la más remota idea de que existía este billete “mágico” que te permitía visitar muchos sitios de una sola vez, ¡qué descubrimiento! Se lo propuse a mis amigas, y la que hoy en día sigue siendo mi hermana del alma se apuntó a vivir esta locura conmigo. Nos pasó de todo, incluso nos dieron un billete erróneo y no nos dimos cuenta hasta la mitad del viaje (sí, sí… increíble pero cierto). Pero nosotras pensamos: si ya nos hemos “colado” dos semanas en trenes sin saber que nos colábamos, ¿por qué no colarnos en los que quedan? Y así lo hicimos, le llorábamos un poquito a los revisores y fuimos tirando. Visitamos ciudades increíbles como París, Amsterdam o Brujas, conociendo a gente fantástica durante el camino, durmiendo en habitaciones compartidas, tomando cervezas con desconocidos y contando monedas para ver en qué podíamos invertir mejor nuestro dinero. Aprendimos muchísimo de este viaje y forjamos una amistad que hoy en día sigue siendo tremendamente fuerte.

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Un tiempo después volví a llenar mi mochila, esta vez con más experiencia y menos “por si acasos”, y junto a unas amigas de la universidad llegué hasta India, un país que me fascinó en todos los sentidos posibles. Su impresionante arte, su exquisita gastronomía, su pobreza y también su riqueza (que no sólo se mide en rupias), sus colores y olores, la crueldad de algunos indeseables, pero también la amabilidad de su gente y las sonrisas de sus niños, que todo lo compensan…

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Momentos inolvidables que están grabados a fuego en mi memoria…y en Youtube, donde siempre quedará mi fugaz aparición como extra en un filme de Bollywood, ¡que hicimos de todo! (No me encontráis ni de broma… pero prometo que se me ve 2 segundos enteros).

 

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Todos estos pequeños “grandes viajes” cambiaron mi modo de ver el mundo y el mundo cambió a mi paso. O mejor dicho: mi mundo cambió. Y desde entonces no he parado de viajar todo lo que el tiempo, las ganas y el dinero me han permitido. De mochilera o de lujo; a 2 horas en coche o a 15 horas de avión de distancia; escapándome el fin de semana o planeando durante meses un largo viaje. Sola, acompañada, con familia, en pareja, con amigos…

“VIAJAR ES VIAJAR y yo sólo ansío viajar cada vez más”.

ME HE CONTAGIADO DEL SÍNDROME VIAJERO:

Una enfermedad que dura para siempre, o de la que al menos yo no he sido capaz de curarme… o no he querido curarme. Dicen que “no hay peor enfermo que el que no quiere sanar”.

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Yo nunca me quiero curar y hago todo lo posible para mantener vivo ese síndrome que me hace soñar por las noches con visitar sitios maravillosos y con conocer a gente cuyo reflejo en un espejo no se parece en nada al mío. Ese síndrome que me hace hablar lenguas que he aprendido con los años pero que no he escuchado mientras crecía. Que provoca explosiones en mi paladar cuando pruebo una combinación de sabores desconocida y que sigue haciendo que me emocione cada vez que monto en un tren o en un avión que me lleva a un nuevo destino. Me he contagiado…¡y me encanta! Por eso me gustaría contagiar de este síndrome maravilloso a todo aquel que esté dispuesto a asomarse a ver el mundo desde mi ventana particular.

Pronto emprendemos, esta vez junto a mi compañera de viaje y de vida, nuestro primer “gran viaje” alrededor del mundo sin billete de vuelta. ¿Os animáis a vivir esta aventura con nosotras?

Si quieres seguir los pasos de Sandra e Itziar en su próxima aventura por el mundo, puedes visitar la web de Oh my world! y/o su canal de Youtube. ¡No te los pierdas!

Y tú, ¿quieres ser también nuestra amiga nómada? Aquí te contamos cómo. ¡Anímate!