Si habéis estado en París os parecerá una birria lo de los cuatro días, y realmente lo es. Porque París vale dos meses, un año, toda una vida, pero si no tienes más que cuatro días, tendrás que aprovecharlos, ¿no?

Así que allí nos plantamos hace algo más de un año mi hermana y yo poco antes de la primavera, en los fríos días previos a la Semana Santa de 2016. Llegábamos con mucha ilusión porque teníamos pensados muchos sitios para ver y no estábamos seguras de poderlos disfrutar todos.

Tuvimos la suerte de alojarnos en un apartamento en la céntrica calle Montorgueil, aunque con unas escaleras matadoras: cinco pisos casi escalando que te daban hambre de paté y queso al llegar arriba.

No teníamos tiempo. Después de soltar los equipajes salimos a dar un paseo por las encantadoras y decadentes galerías parisinas. Galerías comerciales de los siglos XIX o mediados del XX las hay en prácticamente todas las ciudades, pero no con el encanto y la variedad de las de París, de las que han escrito poetas, novelistas y hasta algún filósofo. Ese primer día pudimos ver el Passage du Grand Cerf,

 

la exclusiva galería Véro-Dodat, con su tienda de Louboutin a la entrada,

la famosa Galérie Vivienne,

o la galería Montpensier, descubierta, junto al Palais Royal.

Es una pena lo abandonadas que están algunas de ellas, condenadas a la decadencia. Nada que ver con el papel destacado que tuvieron en la vida elegante del siglo XIX. Ahora solo son recuerdos del pasado esplendor, pero la elegancia y nostalgia que experimentas por esos pasajes de suelos ajedrezados, techos de cristal y viejos escaparates de madera son únicas.

Si te interesan los pasajes y galerías, el Ayuntamiento de París tiene una guía muy completa en pdf de los veintitantos que aún se conservan.

Aprovechando que salió una tarde soleada emprendimos el camino del Sena. París es una ciudad sorprendente, que mezcla con armonía tradición y modernidad. Así, junto a la iglesia gótica de Saint Eustache está esta chulísima escultura moderna “Écoute”, y más allá, en medio del jardín de las Tullerías, otras esculturas más clásicas.

Como teníamos tan poco tiempo dejamos para la siguiente ocasión la visita al Louvre. Se trataba de un viaje placentero, no de andar corriendo en busca de la Mona Lisa o la Victoria de Samotracia. Además, la tarde se prestaba a pasear, y aunque las Tullerías estaban todavía “de invierno”, ya asomaban algunas hojas y florecillas.

Nos quedamos boquiabiertas en la plaza de la Concordia con esas vistas espectaculares. ¡Por fin veíamos la torre Eiffel! ¡Qué lejos! Señor, qué ciudad tan majestuosa. Qué grande París.

De todos los puentes famosos que unen las dos orillas del Sena, este es el que más nos gustó, el de Alejandro III, construido con motivo de la Exposición Universal de 1900. Su primera piedra la puso el mismo zar Alejandro III años antes de ser fusilado con su familia en 1918.Es un puente muy elegante en un solo arco decorado con esculturas mitológicas simbólicas doradas. Al fondo, en la orilla izquierda, se presenta una visión grandiosa de Los Inválidos, donde está enterrado Napoleón.

Pero esa tarde teníamos una cita entre las 6 y las 7: las catacumbas. Después de haber estado, no me parecen algo memorable para un viaje tan corto, pero nos picaba la curiosidad esa gran cantidad de túneles kilométricos donde descansan los restos de seis millones de parisinos. La entrada no es del todo cara, para los precios de París, 8 euros entonces, pero la cola era de horas. En su lugar habíamos sacado entrada online por ¡27 euros! Por ese precio no haces nada de cola, pero, claro, pagas el triple. Fue un rato muy entretenido y el lugar es curioso. Lo cierto es que nos alegramos de haber estado. Aquí os dejo el enlace a la web de las catacumbas por si os interesa lo morboso, que de eso hay un rato.

Y de muertos iba nuestra visita, porque al día siguiente tomamos el metro tempranito para ver en esa mañana tan triste y nublada el cementerio de Père Lachaise, lleno de tumbas de muertos ilustres. No había ni un alma por allí y pasear por algunos recodos daba respeto porque no sabías si habría alguien rondando. El sitio es gigantesco y algunas de las tumbas llevan ya mucho tiempo olvidadas. Otras son muy sugerentes y evocadoras, como las de los amantes Abelardo y Eloísa, la de Chopin y otras anónimas.

Está también la famosa del periodista Victor Noir, con unos abultados genitales de los que dice la leyenda que favorecen la fertilidad a las que se sienten sobre ellos o yo no sé qué otras cosas. Juzgad vosotras si no habrá habido incautas que se lo crean, a la vista de lo gastado del bronce en ese lugar.

Allí están enterrados actores, pintores, escritores, políticos, cantantes… En un kiosco cercano compramos una guía, pero también las tenéis en formato pdf imprimible aquí. Pasamos allí unas horas muy agradables, y cuando salíamos vimos de casualidad una tumba tristemente reciente: la del dibujante Tignous, de la revista “Charlie Hebdo”, asesinado en el atentado de 2015.

El barrio que rodea al cementerio es humilde y nos habían recomendado un bonito paseo hacia el canal San Martín, pero maldita nuestra suerte, lo limpian cada tropecientos años y nos cayó la mala suerte de que solo un mes después de que nos fuéramos volvería a estar lleno. Así que nos volvimos al centro a dar una vuelta por el Marais a ver el Pompidou, con su famosa fuente Stravinsky que…¡estaba vacía por limpieza! Aun así, el lugar es impresionante, con un contraste entre lo moderno y lo antiguo que da gusto de ver. Comimos en la misma plaza en un sitio encantador no muy caro llamado Dame Tartine. Os lo recomiendo.

Con la sensación agradable y cálida en ese día tan frío de la comida y el café continuamos paseando hacia la plaza de los Vosgos, de colores otoñales todavía. Los cafés que la rodean, y en general los de todo París, parecen decirte “siéntate, toma un café”. Y en los cuatro días de viaje no tuvimos ocasión de tomar el famoso “café gourmand”, merienda en que acompañan al café de tres pasteles distintos. La próxima vez…

Donde sí entramos es en la casa museo de Victor Hugo en la misma plaza. Tanto si te gusta el autor de “Los miserables” como si no te interesa, la visita es realmente curiosa. Es la casa de un coleccionista y aficionado a la decoración, y las vistas a la plaza de Los Vosgos es bastante privilegiada.

Continuamos nuestro paseo y llegamos de nuevo al Sena, a la altura de algunas casetas de “bouquinistes” o vendedores de libros. Lástima no saber francés como para leer ni media página.

Era ya algo tarde y teníamos la hora de entrada al centro Pompidou. Aparte del arte contemporáneo del museo, las escaleras mecánicas exteriores te van dando una vista privilegiada de los tejados de París.

Pero el plato fuerte estaba por llegar. A las 22:45 de la noche teníamos cita en el cabaret más chic de la ciudad: el Crazy Horse. Y de pura casualidad coincidían con nuestra visita las fechas en que Dita von Teese actuaba con su Dita’s Crazy Show. ¡Qué buena suerte! Las entradas nos habían costado un ojo de la cara y parte de una oreja, pero lo cierto es que el espectáculo valía eso y más. De los varios cabarets que hay en París, el Crazy es el más “parisino”, menos para turistas. De hecho, la mayoría de asistentes eran franceses, algunos bastante estrafalarios. Entre ellos había “grouppies” de Dita que imitaban su aspecto con diferentes resultados, je. El cabaret es íntimo y recogido, en un color rojo encendido. Nos sentaron en una mesita para dos con una botella de champán. Estábamos ansiosas por que comenzara el espectáculo.

Pero se hizo esperar. Los cinco números de Dita no eran espectáculo único, sino que antes y entre sus actuaciones había otras de las chicas del Crazy, que estuvieron espectaculares, precisas y acrobáticas. Pero nada que ver con Dita. Qué sensualidad, qué gracia de movimientos, qué complicidad en sus miradas al público y qué originales sus números, especialmente el último, del baño. No querías que acabara de actuar, se hacía corto el rato que estaba en escena. Es realmente cautivadora y aprecias como pocas veces el valor de un espectáculo en vivo, nada que ver con una grabación.

Pasamos un rato realmente único esa noche.

Al día siguiente, con la cabeza algo pesada por la botella de champán que nos tomamos la noche anterior, nos fuimos hacia el norte, hacia Montmartre, recorriendo los pasajes y galerías que había en esa dirección, el famoso pasaje de los Panoramas, el de Jouffroy, Verdeau y Bourg l’Abbé, a cada cual más bonito y elegante.

Decía Julio Cortázar en “El otro cielo”: “…bastaba ingresar en la deriva placentera del ciudadano que se deja llevar por sus preferencias callejeras, y casi siempre mi paseo terminaba en el barrio de las galerías cubiertas, quizá porque los pasajes y las galerías han sido mi patria secreta desde siempre”. Y es que algo de esa melancolía que tienen estos lugares de otra época, con su cielo artificial, se queda en quien pasea por ellos.

Continuando hacia el norte a pie, no pudimos evitar entrar a las Galeries Lafayette, con su cúpula gigantesca y glamurosa y sus vistas espectaculares de París.

Pasamos también por el Moulin Rouge.

Y llegamos a donde nos dirigíamos, el cementerio de Montmartre, del que también el Ayuntamiento de París publica un plano imprimible. Es más pequeño y acogedor que el de Père Lachaise y en él se encuentra una de las tumbas que más me gustaron, la del bailarín Nijinsky, sentado sobre su lápida con mirada soñadora hacia el cielo.

La colina de Montmartre fue el barrio bohemio en el que vivieron, trabajaron, sufrieron y se divirtieron artistas y escritores de final del XIX y principios del XX. Ahora solo es un barrio muy turístico donde los antiguos cabarets tienen un público y una función bien distintos y muchos andan buscando las huellas de la cursi Amélie. Pero lo que los turistas no han quitado en absoluto al lugar es el encanto de sus calles empinadas y las vistas únicas que tiene.

Pasamos allí un día bien agradable en el que comimos un steak tartar que estaba divino.

Por la tarde nos fuimos al Sena de nuevo a hacer una de esas turistadas deliciosas que debe hacer al menos una vez el que va a París: dar un paseo en barco. Elegimos una de las tantas compañías que dan ese servicio: las Vedettes de Paris. En esta compañía el barco se toma a los pies de la torre Eiffel, a la que llegamos paseando por el Trocadéro. Qué 15 euros tan bien gastados. Aunque hacía un frío terrible a las siete de la tarde, el paseo valió la pena. Vimos de nuevo desde el Sena el puente de Alejandro III, el museo de Orsay, la Isla de la Ciudad y uno detrás del otro, el puente de las Artes y el Pont Neuf.

Remató esa noche una cena muy francesa en un restaurante de la calle Montorgueil, aunque mi hermana, la entendida, me recomendó tomar la “andouillette”, una salchicha típica de sabor fortísimo a cerdo. Si no os van las vísceras, no os recomiendo la “andouillette”.

El día siguiente era el último que pasábamos en París. Madrugamos para no encontrar mucha cola para subir a las torres de Notre Dame. Realmente encontramos poca gente, aunque estuvimos casi dos horas esperando con el frío de la mañana. Lamentablemente, en esa espera nos enteramos del atentado terrorista en el aeropuerto de Bruselas el día 22 de marzo. París por desgracia tampoco es nada ajeno a esa barbarie, y todos los que estábamos en la cola nos sobrecogimos. Por entonces, y supongo que no habrá cambiado, el centro estaba tomado por soldados armados.

No se pueden comprar las entradas por anticipado, así que hay que llegar pronto y esperar. Por las tardes la cola es realmente grande y supongo que en verano estará imposible. Y es que es increíble el espectáculo de las quimeras y las gárgolas así como las vistas de la ciudad. Por más famosas que son las imágenes, una no se cansa de estar por esas alturas con una perspectiva tan soberbia de la ciudad. Puedes preparar la visita con información de la web oficial.

Ah, no os perdáis el mercado de las flores que hay en la misma Isla de la Ciudad donde está Notre Dame. El domingo venden también pájaros, aunque nosotras estuvimos un lunes.

Era el último día y aún no habíamos apenas pisado la famosa orilla izquierda del Sena. Empezamos por esa calle tan estrecha que es “El gato que pesca”, en el Barrio Latino. Un barrio muy chulo, pero que estaba tomadísimo por los turistas. En la calle Mouffetard nos comimos la única fondue del viaje, que casi no pudimos acabarnos. También estuvimos en la famosa librería americana Shakespeare & Company, que ha aparecido en algunas películas francesas y americanas. Es un lugar encantador y lleno de vida más allá de los mirones que entramos a fisgar.

Nuestro viaje empezó en las galerías y acababa en el punto más famoso de la ciudad: la torre Eiffel. Habíamos comprado la entrada por anticipado, porque el acceso es restringido y los pases se agotan pronto a ciertas horas. Esta es la web oficial donde se puede comprar.

Por lo visto se somete a votación cada X años el color en que se repinta la torre: cuando fuimos lucía de un esplendoroso dorado. Subimos al último piso, porque puedes elegir la altura. Vale la pena pagar los 17 euros que vale llegar hasta arriba. No por típica es una visita menos chula. Qué subidón el de ascender por ese ascensor entre lo que parecen alambritos, qué sensación la del viento fuerte que hace en lo alto. Las vistas de París parecen tomadas desde el Google Maps, de lo alta que estás. Sientes una sensación de poder y pequeñez al mismo tiempo como pocas veces. Muy por debajo de ti ves el Trocadéro, la plaza de l’Étoile, el Hospital de los Inválidos, el Campo de Marte…

Precisamente esa imagen acogedora de la tarde de París desde el Campo de Marte con las bicicletas y la gente remoloneando en el césped es lo último que vimos de la ciudad antes de marcharnos al aeropuerto de Orly.


 

Acabo este post diciendo que la diferencia entre un buen viaje y un viaje inolvidable es la buena compañía, en este caso la de mis hermanas: Tere y Eva, sin ellas todo sería la mitad de bueno.

 

La pena de dejar París es tan grande como el amor que despierta esta ciudad en la que se respiran belleza, elegancia, urbanidad y civilización. ¡Hasta pronto!