¿Te apetece una escapada de dos días con rutas senderistas, paisajes de ensueño, abundante comida y una gran diversidad de vida animal? Si la respuesta es sí:

¡bienvenidos a Huesca!

El tiempo apremia en nuestras vidas cotidianas pero las ganas de una desconexión absoluta nos desbordan, la necesidad de silencio y tranquilidad nos obliga a buscar entornos naturales lejos de cualquier centro urbano, donde el paso del tiempo tenga un ritmo diferente. Si dispones de dos días, haremos una inmersión en la naturaleza, obviando los quehaceres cotidianos y las preocupaciones diarias.

Nuestra base se sitúa en el pequeño pueblo de Pueyo de Araguás, a 6 kilometros de Aínsa. Es un pueblo de la provincia de Huesca en la comarca del Sobrarbe (Aragón). Esta localidad con aire medieval, situada a los pies de La Peña Montañesa, está formada por casas de piedra, teja y madera. Respeta las construcciones típicas del Pirineo y sus poco más de 30 habitantes hacen del lugar, el sitio perfecto para el descanso y desconexión buscadas.

Nos alojamos en Casa Coronas, una de las más antiguas de la localidad. Tiene una ubicación perfecta y las instalaciones tanto de uso privado como las zonas comunes son muy completas.
El precio medio ronda los 70 euros por apartamento y noche, completamente equipado y con capacidad para 4 personas. Eso sí, tendrás que ir hasta Aínsa para encontrar todos los servicios: supermercados, farmacias, médico… pero no son más de 10 minutos en coche.

Surte tu mochila del aprovisionamiento básico necesario  y compra provisiones para hacer un pequeño almuerzo en un lugar de ensueño.
Nos dirigimos hacia el parque nacional de Ordesa y Monte Perdido, a 15 km de Aínsa. Cualquier época del año es buena para visitar este lugar idílico, pero no hay nada semejante al espectáculo otoñal de los bosques de hayas y abetos, cuando la paleta de colores cálidos rinde homenaje visual al visitante.

La ruta propuesta es el ascenso a la Pista de La Larri, en el valle de Pineta, una ascensión fácil de 1 hora y media con un desnivel de 300 metros. Aparcamos en el parking gratuito de La Pineta y accedemos a la pista forestal indicada como Pista de La Larri.

Empezamos el recorrido por parajes espectaculares de hayas, con troncos grisáceos y hojas multicolor. Un manto ocre cubre el entorno y todo a nuestro alrededor parece sacado de un precioso cuadro otoñal. El camino serpentea entre una alfombra de hojas multicolor y los leves crujidos de las ramas secas bajo nuestros pies.

La senda cruza el río Cinca antes de ascender a los llanos. Los desniveles de la ruta son muy suaves por lo que puede ser visitado por senderistas de todos los niveles. La pista nos llevará a poder observar muy de cerca la fuerza del agua en la cascada de La Larri.

El camino rodea laderas montañosas y arboledas de hayas y abetos. Entre los árboles puedes observar cumbres nevadas. Nunca harás el camino en solitario, ya que abunda una gran variedad de fauna: caballos, vacas, zorros, ardillas... Además de multitud de aves que compondrán la alegre melodía de tu ruta.

Aquí llegamos a los Llanos de La Larri, hora de desplegar el mantel y sentarnos a degustar el picnic que nos sabrá a gloria. Y la mejor vista que podamos imaginar: el macizo del Monte Perdido. Nunca será suficiente el tiempo que pases allí ya que la vista no deja de encontrar lugares dignos de admirar durante un buen rato. Pero nuestro camino debe seguir.

Nos dirigimos al Circo glaciar de La Larri, el camino por el llano verde intenso es la joya del recorrido, además de un trayecto fácil y sin desniveles. Seguirás el curso de las aguas río arriba, entre vacas y caballos del Pirineo. Para cuando llegues a la cascada, tus sentidos habrán sido invadidos: las hayas han dado paso al manto verde de los llanos, el sonido de la fuerza del agua ha contrastado con el dulce cantar de los pájaros y el bosque cerrado ha dado paso a las vastas extensiones de los llanos.

La vuelta puedes hacerla sobre tus propios pasos o puedes atravesar el bosque. Un descenso nada difícil pero que requiere de algo de orientación para llegar al punto de partida. Además de llegar a la otra parte del río y tener que atravesarlo por la parte menos profunda.

El descenso por esta zona es digno de hacer si dispones de horas de luz y no corres el peligro de perderte.

Una vez finalizado aquel precioso recorrido nos fuimos a comer a pocos kilómetros de allí: al restaurante El Plano (22338 El Plano, Huesca) donde degustamos comida tradicional aragonesa. Todo tipo de manjares en un entorno natural y tranquilo.


Finalizando el día, de vuelta al Pueyo de Araguás y con provisiones de carne, disfrutamos de una fantástica barbacoa en Casa Coronas, donde tienen la amabilidad de proporcionar leña para la barbacoa y para la chimenea del apartamento.

Para el segundo día de escapada elegimos la ruta a la Ermita de la Espelunga, un sendero fácil de 1 hora de camino que conecta el monasterio de San Victorián con una ermita situada al borde de un precipicio rocoso de Sierra Ferrera – Peña Montañesa y desde podrás tener una vista panorámica del valle de la Fueva.
Iniciamos la ruta en el monasterio de San Victorián, donde aparcamos en una pequeña explanada a pocos metros del monasterio. Fue uno de los monasterios más importantes de Aragón, centro político, económico, cultural y espiritual de un vasto territorio que albergó importantes piezas de arte. Debe su nombre al santo Victorián que vivió en los Pirineos y fue ermitaño en la ermita de la Espelunga.

Continuamos por la ruta de tierra dejando atrás San Victorián y tomamos el desvío a la izquierda. Conviene estar atentos en este punto ya que podemos seguir de frente sin tomar el desvío y así andar por varios kilometros por una ruta de montaña que no lleva a dicha ermita.


Tras una senda ascendente llegaremos a la pequeña ermita de San Antón, construcción del siglo XVII, utilizada como corral y desde donde se pueden observar buitres. Su interior, con pinturas de la época, sirve de cobijo para excursionistas que llegan con mal tiempo y lo fue en su momento para los animales de los peregrinos que acudían a la Espelunga. A día de hoy, sigue siendo un lugar de peregrinaje para lugareños.

Continuamos el ascenso y nos encontramos con la Espelunga de San Victorián tallada en la roca.

La ermita se encuentra en estado ruinoso pero la capilla ha sido rehabilitada, se puede entrar y observar el altar que se encuentra en la misma roca de la montaña.


Detente un rato para observar el paisaje y ver la cantidad de aves que habitan la zona. El descenso es sencillo por el mismo lugar de llegada.

Si aún dispones de tiempo, visita la vecina localidad de Aínsa, cuyo Casco Antiguo está declarado Conjunto Histórico-Artístico. O el Castillo Fortaleza, cuyo elevado recinto amurallado te permite observar la belleza de este precioso pueblo pirenaico.

Si aún no sabes dónde ir en tu próxima escapada rural, seguro que este post habrá despejado cualquier duda al respecto. Porque si de algo estamos seguras, es que Huesca tiene razones de peso para ser uno de los lugares más bonitos y completos para ser visitados.